Texto publicado en la página web www.apenantioxthi.com (la orilla del otro lado) con motivo de los incendios recientes que arrasaron miles de hectáreas de bosques en el Ática (provincia de Atenas), en la isla de Zante y en varios lugares del territorio del Estado griego.

La imagen de un bosque ardiendo da escalofrío, descontento, rabia. Las causas de un incendio, desde luego aparte de las causas naturales, son conocidas. Muchas veces un bosque se convierte en ceniza a causa de los planes que tiene el propio Estado con el fin de satisfacer la necesidad de construcción de carreteras y de infraestructuras. El objetivo postrero es la gran comilona entre funcionarios de alto rango, dignatarios políticos y accionistas de empresas constructoras.

Un incendio puede ser provocado por alguna “persona sin conciencia”, como se oye a menudo en los telediarios. Según ellos, esta persona quiso quemar la hierba seca acumulada en el patio de su casa, o tiró una colilla por la ventanilla de su coche.

Son unos asesinos que matan a sangre fría a seres humanos que no tienen la culpa de nada, y que convierten enormes superficies en desierto, simplemente por ser estúpidos. Porque sus padres estúpidos no les explicaron nunca que los bosques no son basureros. Nunca han entendido que los bosques son la razón de la existencia de su vida insustancial. Son unos nuevos griegos que no les importa nada (sin escrúpulos) y que tiran sus lodos de drenaje a bosques y a parques, talan los árboles para tener leña para la chimenea, dejan su basura donde sea después de su excursión dominical protocolar, y cubren el suelo de unos paisajes vírgenes con su putrefacción burguesa miserable.

Construyen edificios ilegales en ex superficies forestales que el Estado ha dejado de considerarlas forestales con enmiendas “encargadas” votadas a la madrugada en el Parlamento, sin sentirse vergüenza ante sus hijos y sin darse cuenta al mínimo de que están matando el presente y el futuro.

Todos estos no son simplemente unas personas sin conciencia o despistadas, son unos asesinos cuyos crímenes han sido premeditados. En estos crímenes hay instigadores y ejecutores. Incluso en el momento en el que un bosque está ardiendo, esta imagen les deja indiferentes a todos. Las órdenes que les da el Ministerio a los bomberos es dar prioridad al rescate de los inmobiliarios. Lo primero que dicen los periodistas que cubren estos reportajes en las conexiones en directo de los canales televisivos es que menos mal que no corre peligro ningún inmobiliario. Tranquilizan a la gente, asegurándole que las paredes de las casas seguirán estando en pie, pero a un precio mínimo: La vida. Jamás alguno de ellos ha mencionado cuántos animales o cuántos pájaros han tenido una muerte lenta y dolorosa. Jamás ningún ministro ha sacrificado estas paredes para salvar algo de un bosque incendiado, unos árboles, unos ciervos, unas golondrinas.

La espada de Damocles que blande sin escrúpulos el ser humano desde hace muchos siglos, gotea sangre de vidas inocentes y de niños no nacidos. Daña de manera irreversible el planeta. Y por supuesto, la vida continúa, con el cemento devorando los bosques y con los primeros ministros cortando cintas rojas en ceremonias de inauguración, pisando sobre cadáveres y la tierra quemada. La vida continúa entre viviendas de muchas alturas que ocultan la luz y no nos dejan respirar. La vida, o como quiera que se llame esta cosa, continúa hasta la destrucción de su última fuente.

S.H.

El texto en griego, portugués.

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