El siguiente texto es una narración de las experiencias que tuvo una persona que trabajó para una organización no gubernamental que se dedica al negocio lucrativo de apilar a refugiados e inmigrantes menores de edad en centros de internamiento. Además de las referencias a las condiciones de vida de los refugiados en estos centros de reclusión-negocios, son interesantes las referencias al vocabulario empleado por estas organizaciones, por la Unión Europea, por los medios de desinformación y el Poder, al tratar este tema y temas semejantes.

Un recorrido por el mundo de las organizaciones no gubernamentales y de la “gestión de poblaciones migratorias”

Siempre me ha gustado curiosear las vitrinas de las tiendas: Decoraciones excéntricas (extravagantes), miradas heladas de copias de seres humanos, la duda constante que se nota en los movimientos de los cuerpos de los consumidores, los trabajadores recorriendo el negocio de punta en punta sin parar. Sin embargo, la imagen que se ve trás el vidrio siempre es engañosa. La fantasmagoría de la vitrina está montada para engañar hasta al cliente que se pasa por conocedor (consciente). Si no tocas la mercancía con tus propias manos, el tendero es capaz de venderte gato por liebre.

Dejando de lado las reservas, llegó el momento que me convencí de dejar de mirar boquiabierto y de empezar a profundizar. Después de identificarme al director de la tienda (currículum, entrevistas, e.tc.) se me abrió una puerta de dos hojas. Por fuera ponía “Centro de hospitalidad de menores no acompañados”. En la cristalera estaban pegadas unas pegatinas grandísimas con frases como “We love refugees” y con palabras llenas de bondad y de comprensión del prójimo, como la palabra “humanismo”. Un cartel me avisaba de que el espacio interior estaba vigilado (y financiado) por la Unión Europea.

El primer día del trabajo me percaté de que tenía que ampliar mi vocabulario, adoptando el lenguaje de los tecnócratas de la caridad: En la lengua cotidiana hablada aquí, los niños son “huéspedes”, mientras que en el lenguaje más formal son llamados “beneficiarios”. También, los compañeros de trabajo, los superiores y los patrones, somos una familia, sin jerarquías y conflictos. Esta familia es tan buena que todos nos autodenominamos “colaboradores”. Pronto dejó de llamarme la atención la insistencia formalista en el discurso refinado, ya que entendí cuál era el significado tras las palabras. Aquí todo está cubierto por un velo de hipocresía: Todo debe parecer (y escucharse) perfecto y cuidado, como aquellas familias en los anuncios televisivos en los cuales sus miembros toman su desayuno sonrientes en comedores iluminados por el cielo despejado.

El segundo día en el negocio había aprendido perfectamente mi papel. Empecé a acostumbrarme a la hipocrética, diciéndoles a los inmigrantes menores de edad lo que me dictaban mis “colaboradores”: Aquí todo se hace por vuestro bien, todos somos iguales, no hacemos discriminaciones, e.tc. Sin embargo, los “huéspedes” tenían unas dudas inexorables. “¿Si no hay discriminaciones, por qué algunos se llevan los papeles y se van a otros países y otros no? ¿Por qué algunos han sido reconocidos como refugiados con derecho de permanencia en el país, y otros se privan de la protección más fundamental? ¿Y si como decís aquí, vosotros sois los buenos y los de fuera son los malos, por qué no hacéis algo para reparar estas injusticias?”

Los próximos días dejé de animarlos a expresarse tan libremente, adoptando la actitud de los de mi entorno, tan sólo para evitar sus preguntas difíciles. Aquellas preguntas a las que no tenía nada que contestar. Aquellas preguntas a las que podía contestar algo, pero no tenía que decir absolutamente nada. De todas formas, no era este mi papel. Mi contrato no me permitía dar este tipo de información. Mis superiores estarían muy descontentos, sobre todo si se enterasen de que se habían introducido “ideas subversivas” en las estructuras de hospitalidad, y de que se fomentaba el descontento de los huéspedes hacia sus anfitriones.

Después de unas semanas de trabajo dejé de tener hasta remordimientos de conciencia por todo esto, ya que me percaté de que el silenciamiento de las “cuestiones sensibles” era la “panacea” para todo. Paradójicamente, en este negocio el cliente no siempre tiene razón. Más concretamente, los inmigrantes-beneficiarios (de los programas de alojamiento) menores de edad casi nunca tienen razón: La razón está en todas partes a su alrededor, menos en ellos. De todas formas, su voz nunca ha salido del negocio. Nunca han podido articular su discurso sobre el cómo experimentan esta hospitalidad, sober el qué es lo que realmente se les ofrece y qué es lo que les falta, sobre el cuán humanitaria es, en última instancia, toda esta gestión de los llamados “flujos migratorios”. Y cuando esto se realizó, se realizó con la mediación “prudente” o con los consejos de algunos mayores de edad: Del personal científico competente o de los comités del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Y se realizó de tal manera así que se asegurara que nada podría manchar (ensobrecer) los departamentos del humanismo y su buena fama.

¿Y dentro (del negocio)? Dentro los días pasaban con mucha explotación de los trabajadores y aún más pruebas de nuestra conciencia. No obstante, todo quedaba cubierto bajo el manto ya conocido de la hipocresía. Todos se entrenaban en la bella arte de fingir. Por un lado, mis compañeros de trabajo aparentaban que habían trabajado horas o días sin cobrar por voluntad propia (¿aquí quién iba a hablar de jornadas de trabajo en festivos sin cobrar, de horarios de trabajo nocturnos sin cobrar suplemento, de días libres trabajados, si en el contrato de trabajo el trabajador firma su consentimiento para que los patrones “dejen de pagar los subsidios y las pagas extraordinarias?”. Por el otro lado, mis superiores fingían que no había quejas ni por parte de los “beneficiarios” ni por parte de los “colaboradores”.

Algunos “colaboradores” pensamos en proceder a un paro de trabajo. Abrir una grieta en el suelo compacto del silencio y del consenso. Dejar de jugar el juego de la hipocresía. Empezar a hablar de algunas de las cosas que nos molestaban. Primero, de nuestra deficiencia de corresponder a las exigencias del trabajo. De nuestra incapacidad de satisfacer las necesidades o los deseos razonables de los “huéspedes”, sin el número de empleados necesario y sin la cualificación de ellos. De todas las deficiencias de los “científicos” del negocio y de las torpezas de nuestros superiors. De la actitud predominante de silenciar las quejas en vez de resolver los problemas. De la testarudez, la prepotencia insoportable y la arrogancia de los profesionales de la solidaridad remunerados. Y sobre todo decidimos hablar de aquellos adictos al trabajo, exitosos, impecables e invisibles. De los humanistas que ocupan siempre los puestos más altos. De la vergüenza de su asociación caritativa. De esa asociación cuyo nombre sale en el cartel que pone que “apoya a las poblaciones vulverables”, pero tiene bien escondido el cinismo del coste económico de los “servicios prestados”.

Aquel día fue uno de mis últimos en el negocio. Recogí mis pertenencias del almacén y me dirigí a la puerta de salida. Conmigo tomaron el mismo camino los que tuvieron la misma curiosidad de ver que quedaba escondido tras el escaparate de la organización no gubernamental y tras el cartel del “humanismo”. Nos detuvimos por un rato en la calle y nos miramos. Ninguna decepción. Había quedado algo de la amargura que tiene en la boca el que mete la mano para degustar algo de la verdad.

El texto en griego, portugués.

Deja un comentario

*

Archivo