Texto publicado en la página web http://seasonfight.gr/.

A principios de verano se realizó en Venecia una protesta sin precedentes: Cientos de embarcaciones de todo tipo impidieron el acceso de un barco de cruceros gigantesco al puerto. Los pocos habitantes que siguen viviendo en esta ciudad histórica-monumento reaccionan a un tipo de turismo que viene del futuro y amenaza la existencia de la ciudad.

Después de la desastrosa segunda guerra mundial el municipio de Venecia tenía 176.000 habitantes. Hoy se han quedado 55.000 habitantes, o sea los que viven en la ciudad de Corfú. Los habitantes de Venecia (el movimiento se llama “Ultimi Veneziani”) denuncian de miles de maneras en Internet, en los periódicos y en la tele, la conversión de su ciudad en una fosa séptica. Se van yendo de la ciudad para vivir en municipios vecinos, y así una de las ciudades más históricas y bonitas en el mundo se va abandonando.

La ciudad de los artistas, de los grandes artesanos y de los enamorados, se está convirtiendo en un lugar no apto para vivir, en un lugar peligroso para la salud y la vida de sus habitantes. El tema de la explotación extensa de las agencias de viajes internacionales se agudizó al aparecer la nueva moda de turismo: Los cruceros con barcos de cruceros gigantescos que tienen capacidad para transportar a miles de pasajeros.

Los barcos de cruceros-ciudades disponen de todo, para todos los bolsillos. El principio de la industria de los cruceros es: “Νi un euro fuera del barco de cruceros-ciudad”. El “cliente”, cualquiera que sea su clase social, ha pagado por un paquete, en el cual están incluidos el camarote, el desayuno y dos comidas al día. A bordo puede comprar todo lo que puede comprar en su ciudad: Desde vinos caros, ropa y joyas, hasta artículos baratos vendidos en supermercados y recuerdos de las ciudades al que llega el barco de cruceros.

El barco viaja por la noche y llega a los puertos por la mañana. Si los pasajeros quieren visitar la ciudad a cuyo puerto ha llegado el barco, los esperan autobuses contratados por la compañía naviera a la que pertenece el barco. Los autobuses los llevan a los atractivos turísticos de la ciudad y los regresan al puerto. Por la noche el barco de cruceros sigue su ruta hacia el próximo puerto.

En Corfú hay días en los cuales desembarcan más de 12.000 cruceristas. La carga para las infraestructuras de la isla y para el medio ambiente es incalculable, además de las consecuencias que tiene la estancia de los turistas…clásicos de los hoteles. Este año muchas zonas de Corfú apestan como una fosa séptica. Es dudoso que las depuradoras biológicas puedan procesar tantos desechos. Las denuncias de los vecinos y de los que trabajan en el sector del comercio son contínuas. El turismo de los barcos de cruceros requiere la existencia de una ciudad-monumento que pueda recibir visitas de un solo día, así que los colosos turísticos lucren al máximo, destruyéndola a un ritmo rapidísimo, en detrimento de los habitantes de la ciudad y de un turista-espectador que no tiene tiempo de ver nada en el crucero-vídeo de corta duración que le proyectan.

Exactamente lo mismo ocurre en Barcelona, así como en otras ciudades-monumentos del Mediterráneo visitadas por el turismo masivo de este tipo. Sin embargo, si en Venecia y en Barcelona los habitantes de estas ciudades ven el problema venir y reaccionan de varias maneras, en Corfú los conductores se pelean, pegándose uno al otro, por el control de los pocos billetes del circuito turístico de pocas horas. Los taxistas se volvieron contra la autoridad portuaria, por no dejarles acercarse mucho a los barcos de cruceros. Los conductores de los autobuses turísticos se pelean con los conductores de los autobuses de doble piso sin techo. Los conductores de los autobuses de doble piso rojos se pelean con los conductores de los autobuses de doble piso verdes.

Hacia fines de la temporada los diputados del partido gubernamental Syriza Pavlidis y Vaki presentaron una pregunta en el Parlamanto sobre los autobuses de doble piso abiertos, sin que nadie se haya enterado de qué es lo que preguntaron y cuándo se iba a debatir su supuesto interrogante en el Parlamento.

Los habitantes de Barcelona han pedido que cada pasajero de los barcos de cruceros pague una tasa de un euro por entrar en la ciudad. A lo mejor no es correcto ni justo ni eficaz. Sería mejor que todas las ciudades-destinos (de los barcos de cruceros) impusieran una tasa según el número de los pasajeros y las consecuencias que tiene su presencia en la ciudad. Este importe lo podrían pagar las compañías navieras de los barcos de cruceros con las tasas portuarias que pagan para atracar los muelles de los puertos, y podría quedarse con este dinero el municipio de cada ciudad-destino. De ser así, la compañía se vería obligada a traspasar este importe a los pasajeros, perdiendo una parte de su clientela, u optar por reducir sus ganancias.

En el turismo estamos entrando en una época en la cual muchos añoran el turismo maldito “de los mochileros vagabundos, de la sandía y de la ensalada de tomate” (¿así se llamaba, verdad?), en cuyos tiempos los ingresos de los habitantes de las zonas turísticas se estaban disparando… Los venecianos añoran la época de paseos en góndola de los enamorados por los canales de la ciudad y las canciones de los gondoleros. ¿Ahora cómo se animará el gondolero a remar por las aguas sucias de las fosas sépticas, y dónde habrá enamorados para escuchar sus canciones?

El texto en griegoportugués.

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